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Nuestra Señora la Santísima Virgen María


      En estos días de Adviento la Iglesia entra en un tiempo de espera orante por la llegada de Jesús, en compañía de la Santísima Virgen.  La Palabra de Dios nos presenta a María desde varias perspectivas.  Una de ellas es como la morada del Dios vivo. Leemos en el Segundo libro de Samuel: “David reunió una vez más a los selectos de Israel, treinta mil hombres.  Se puso en marcha con la gente de Baalá de Judá que estaba con él para trasladar de allí el Arca de Dios, designada con el nombre de ‘Señor del universo, que se sienta sobre querubines’.  Pusieron el Arca de Dios en un carro nuevo y la llevaron desde la casa de Abinadab, en la colina. Uzá y Ajió, hijos de Abinadab, conducían el carro nuevo y lo llevaron con el Arca de Dios desde la casa de Abinadab, en la colina. Ajió iba delante del Arca.  David y toda la casa de Israel bailaban ante el Señor con instrumentos de ciprés, cítaras, arpas, tambores, sistros y címbalos.  Al llegar a la era de Nacón, Uzá alargó su mano al Arca de Dios y la agarró, porque los bueyes, la habían desplazado.  Se encendió, entonces, la cólera del Señor contra Uzá, y le hirió allí mismo por su temeridad.  Y allí murió, junto al Arca de Dios.  David se enfadó, porque el Señor había abierto brecha contra Uzá....  David temió aquel día al Señor y dijo: ‘¿Cómo va a venir a mí el Arca del Señor?’  Y no quiso trasladar el Arca del Señor junto a él a la ciudad de David, sino que la condujo a casa de Obededón, el guitita.  El Arca del Señor permaneció tres meses en la casa de Obededón, de Gat.  Y el Señor bendijo a Obededón y a toda su casa” (2 Sam 6, 1-11).

      ¿Qué era el Arca de Dios?  Era una especie de caja o cofre sagrado ornamentado que, de acuerdo al libro del Éxodo contenía las tablas de piedra donde estaban inscritos los Diez Mandamientos.  De acuerdo a algunas interpretaciones de los libros del Éxodo, Números y la Carta a los Hebreos, el Arca también contenía el báculo de Aarón y una jarra con maná.  El Arca fue construida por mandato de Dios, de acuerdo con las instrucciones dadas a Moisés en el Monte Sinaí.  Era un signo visible de la presencia de Dios entre su pueblo y por eso era venerada como muy sagrada hasta el punto de ser intocable.

Leemos en el Evangelio de Lucas: “En aquellos mismos días María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.  En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre.  Se llenó Isabel de Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: ‘¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?  Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre.  Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá’...  María se quedó con ella unos tres meses y volvió a su casa” (Lc 1, 39-45, 56).

En el Segundo Libro de Samuel y este pasaje de Lucas escuchamos que ambas, el Arca y María Santísima viajaron por las montañas o colinas y que permanecieron en una casa por tres meses.  Las palabras de David fueron: “¿Cómo va a venir a mí el Arca del Señor?”  Las palabras de Isabel a María fueron: “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”  El Arca llevaba las tablas de la Ley (la Alianza de Dios y su pueblo), el bastón de Aarón y maná. María cargaba dentro de sí a Aquel que era la Nueva Alianza, quien moriría en el madero de la cruz, y quien sería nuestro maná eucarístico.  Tanto el Arca como María eran portadoras de la presencia de Dios entre su pueblo.  La Sagrada Escritura, por lo tanto, trata de comunicarnos que María es el Arca de la Nueva Alianza, la nueva morada de Dios con su pueblo.  La presencia de Dios hecho hombre que ella llevaba en su interior se desbordó en su vida y en sus actos, amando a Dios y al prójimo, como explicamos ayer.

María es esa tierra rica y fértil que Cristo describe en la parábola del Sembrador (Mt 13, 1-23).  En María la semilla de la Palabra de Dios cae y produce fruto abundante, mucho más que el ciento por uno.  ¡Y qué fruto nos ha dado esta tierra fecunda! ¡El gran Yahvé, YO SOY hecho carne!

Aunque no exactamente en la misma manera, tú y yo somos también morada de Dios y tierra rica llamada a recibirle y a darlo al mundo.  A través del bautismo el Dios Trino viene a morar en nuestro interior y cuando cooperamos con su gracia nuestra vida se vuelve más suya que nuestra.  Por esa razón Santa Teresa nos dice que si llenamos el castillo de nuestra alma con gente vulgar y toda clase de basura, ¿cómo podrá el Señor y su corte ocuparlo?  Por eso hemos de ser porteros celosos y vigilantes de nuestro castillo y no permitirle el paso a través de los sentidos y el pensamiento a nada que opaque la presencia de Dios en nosotros.

      Hay un momento en particular en el que nosotros, más que nunca, somos templos de Dios como María: la santa Comunión.  Cuando le recibamos abramos de par en par las puertas de nuestro corazón al Señor y permitámosle que nos haga su santa morada.


Escrito por el Padre Jorge Cabrera, OCD
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